Educators, Researchers Call for Evidence-Based Solutions to Gun Violence

Gun violence remains one of the most urgent and unresolved public safety crises in the United States, even as national data show a decline in mass shootings in recent years. That tension framed a recent national media briefing that brought together educators, mental health researchers, and public health experts to examine why gun violence persists and what approaches have proven effective in reducing it.

The discussion centered on moving beyond political rhetoric and emotional reactions to focus on data, lived experience, and prevention strategies that work at both the policy and community levels.

Sarah Lerner, a high school teacher and survivor of the 2018 shooting at Marjory Stoneman Douglas High School in Parkland, Florida, opened the briefing with a firsthand account of the trauma educators and students continue to carry long after the headlines fade.

“When a gunman opened fire, killing 17 and injuring 17, it traumatized an entire community,” Lerner said. She recalled being locked down in her classroom with students for hours, unsure if help would arrive. “It was the most horrific experience I have had in my entire life.”

Lerner emphasized that while school shootings represent only a fraction of gun violence nationwide, they leave lasting psychological scars. Teachers, she said, are often left to absorb that trauma while continuing to support students emotionally. “We are the ones in classrooms every single day listening to the stories, wiping the tears, giving the hugs, and helping students navigate this space.”

She strongly rejected proposals to arm teachers as a safety solution, calling the idea impractical and dangerous. “I went to college to study English, not to become a police officer,” Lerner said. “Adding more guns to school campuses does not make students safer. It creates more risk and more trauma.”

Mental health researcher Dr. Ragy Girgis challenged the common narrative that mass shootings are primarily driven by severe mental illness. Drawing from decades of research and large datasets, Girgis said the evidence does not support that assumption.

“The vast majority of people with serious mental illness are not violent,” Girgis said. “Policies that focus on mental illness as the main cause of mass shootings are likely to have limited impact.”

He noted that only a small percentage of mass shooters exhibit psychotic symptoms, and those rates are often lower among shooters who use firearms than among perpetrators of other forms of mass violence. According to Girgis, factors such as access to firearms, substance misuse, and prior legal issues are far more predictive and actionable.

Dr. Daniel Webster, a leading public health expert on gun violence prevention, echoed the call for evidence-based policy. He emphasized that the United States remains an outlier among peer nations in gun-related deaths, largely due to the availability and lethality of firearms.

“Having armed people in schools leads to more shootings, not fewer,” Webster said, responding to questions about laws allowing educators to carry weapons. He pointed to research showing that states with stronger firearm safety laws experience lower rates of gun violence without increases in crime.

Webster also highlighted community-level interventions that have reduced shootings in cities like Baltimore and New York. Programs focused on conflict mediation, street outreach, and early intervention, he said, have shown measurable success when sustained and adequately funded.

Throughout the briefing, speakers stressed that prevention requires a comprehensive approach. That includes strengthening firearm regulations, expanding access to mental health care without stigma, supporting educators and survivors, and investing in community-based violence interruption programs.

Lerner urged policymakers and the public to listen to those closest to the problem. “Teachers’ voices and stories are powerful,” she said. “We have lived this, and we know what our students need to feel safe.”

As the discussion concluded, speakers agreed that reducing gun violence will not come from a single solution. It will require sustained political will, evidence-driven policy, and a willingness to prioritize human lives over ideology. For communities across the country, the message was clear. Prevention is possible, but only if the nation chooses to act.


Educadores e investigadores piden soluciones basadas en evidencia para frenar la violencia armada

La violencia armada sigue siendo una de las crisis de seguridad pública más urgentes y no resueltas en Estados Unidos, incluso cuando los datos nacionales muestran una disminución de los tiroteos masivos en los últimos años. Esa contradicción marcó el tono de una reciente sesión informativa nacional para medios, que reunió a educadores, investigadores en salud mental y expertos en salud pública para analizar por qué persiste la violencia armada y qué estrategias han demostrado ser efectivas para reducirla.

La conversación se centró en ir más allá de la retórica política y las reacciones emocionales, para enfocarse en datos, experiencias vividas y estrategias de prevención que funcionan tanto a nivel de políticas públicas como en las comunidades.

Sarah Lerner, maestra de secundaria y sobreviviente del tiroteo de 2018 en la escuela Marjory Stoneman Douglas en Parkland, Florida, abrió la sesión con un testimonio en primera persona sobre el trauma que docentes y estudiantes continúan cargando mucho después de que desaparecen los titulares.

“Cuando un hombre armado abrió fuego, matando a 17 personas e hiriendo a otras 17, traumatizó a toda una comunidad”, dijo Lerner. Recordó haber permanecido encerrada en su salón de clases con estudiantes durante horas, sin saber si la ayuda llegaría. “Fue la experiencia más horrible que he vivido en toda mi vida”.

Lerner subrayó que, aunque los tiroteos escolares representan solo una fracción de la violencia armada a nivel nacional, dejan cicatrices psicológicas duraderas. Los maestros, explicó, suelen absorber ese trauma mientras continúan apoyando emocionalmente a sus estudiantes. “Somos quienes estamos en las aulas todos los días escuchando las historias, secando lágrimas, dando abrazos y ayudando a los estudiantes a navegar este espacio”.

Rechazó firmemente las propuestas de armar a los maestros como una solución de seguridad, calificando la idea de impráctica y peligrosa. “Fui a la universidad para estudiar inglés, no para convertirme en oficial de policía”, afirmó Lerner. “Agregar más armas a los campus escolares no hace que los estudiantes estén más seguros. Genera más riesgo y más trauma”.

El investigador en salud mental, el doctor Ragy Girgis, cuestionó la narrativa común de que los tiroteos masivos son causados principalmente por enfermedades mentales graves. Basándose en décadas de investigación y amplias bases de datos, Girgis señaló que la evidencia no respalda esa suposición.

“La gran mayoría de las personas con enfermedades mentales graves no son violentas”, dijo Girgis. “Las políticas que se enfocan en la enfermedad mental como la causa principal de los tiroteos masivos probablemente tendrán un impacto limitado”.

Explicó que solo un pequeño porcentaje de los autores de tiroteos masivos presenta síntomas psicóticos, y que esas tasas suelen ser más bajas entre quienes usan armas de fuego que entre los responsables de otros tipos de violencia masiva. Según Girgis, factores como el acceso a armas, el abuso de sustancias y antecedentes legales son mucho más predictivos y pueden abordarse de manera efectiva.

El doctor Daniel Webster, uno de los principales expertos en prevención de la violencia armada desde la salud pública, coincidió en la necesidad de políticas basadas en evidencia. Destacó que Estados Unidos sigue siendo un caso atípico entre los países comparables en cuanto a muertes relacionadas con armas de fuego, en gran parte debido a la disponibilidad y letalidad de las armas.

“Tener personas armadas en las escuelas conduce a más tiroteos, no a menos”, afirmó Webster al responder preguntas sobre leyes que permiten a educadores portar armas. Señaló investigaciones que muestran que los estados con leyes de seguridad de armas más estrictas presentan tasas más bajas de violencia armada sin un aumento en el crimen.

Webster también destacó intervenciones comunitarias que han reducido los tiroteos en ciudades como Baltimore y Nueva York. Programas enfocados en la mediación de conflictos, el alcance comunitario y la intervención temprana, dijo, han demostrado resultados medibles cuando cuentan con apoyo sostenido y financiamiento adecuado.

A lo largo de la sesión, los ponentes insistieron en que la prevención requiere un enfoque integral. Esto incluye fortalecer las regulaciones sobre armas de fuego, ampliar el acceso a servicios de salud mental sin estigmatización, apoyar a educadores y sobrevivientes, e invertir en programas comunitarios de interrupción de la violencia.

Lerner exhortó a los responsables de políticas públicas y al público en general a escuchar a quienes están más cerca del problema. “Las voces y las historias de los maestros son poderosas”, dijo. “Hemos vivido esto y sabemos qué necesitan nuestros estudiantes para sentirse seguros”.

Al concluir la conversación, los participantes coincidieron en que reducir la violencia armada no será resultado de una sola solución. Requerirá voluntad política sostenida, políticas guiadas por la evidencia y la decisión de priorizar las vidas humanas por encima de la ideología. Para las comunidades de todo el país, el mensaje fue claro. La prevención es posible, pero solo si la nación decide actuar.

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